La carencia de higiene dental de uno camuflaba el mal funcionamiento de los hígados de los otros. Todo hacía pensar que se percatarían de los avisos que sus organismos daban mediante manchas liberadas, dejadas estar ahí, en la estética individual de los cuatro. Y así fue. Pero, claro, cada uno de los que eran no dijo nada al respecto del mal aspecto de los restantes. Así pues, conforme iban notando iban callando, como prostituyendo su habla, como putas contratadas con la ironía de la falta de un papel en el que firmar antes de fornicar entre, con y para profesionales habitantes del todavía más artificial mundo de la política. Salvajes ejemplos brindan muchas alcaldías como para ignorar el paralelismo, escandaloso tanto en su propio silencio como en el mediático.
En una de esas charlas, atestadas por semillas de futuros frutos podridos, el más esbelto de los cuatro, que no el más alto (y no por ello de altura poco discreta), echó lo que creyó sería un mínimo vistazo al negror ocular del dueño de la más pronunciada piorrea. Se lo tomó como un ataque este último, el de la sonrisa resplandeciente de suciedad, atrayendo hacia toda su corpulenta carne al pobre ingenuo cirrótico, soldándose ambos, quedando invariablemente ensamblados, dándole jugosas noticias al alegre caos que se sabía ya en el categórico clímax de su abultado disfrute, sin poder más que acostumbrarse a la estirada duración de tal estado para impedirse continuar escupiendo gozo. Claramente, no supo; los salivazos de placer asistieron con inseparable sincronía a la succión craneal efectuada, por otro de los del trío con hepático conflicto, al de las córneas cavernosas y dentadura contaminada, tan contaminada como una piel de plátano lo está por dibujantes, como el comecocos por programadores y una tetera por diseñadores, como pie descalzo sobre felpudo de habitual visita por vital mascota, como ideas transitando por gruta cerebral ajena, en definitiva.
Por supuesto, el más desenvuelto en el nerviosismo, seguramente por su menor tamaño, cobijando igualmente ruidosas batallas en las que su hígado estaba siendo vencido por la rotundidad del vicio, no se enteró de nada a pesar de haberse adosado también a los famosos tres restantes.
El pequeñín, como la mayoría de a quienes les ha llegado esta historia, olisqueó el aroma a tótem emanado por aquel atemorizado cuarteto. Pero tarde. Tanto que se conformó con el bloqueo de su pestañeo, mostrando el asombro de lo que un húmedo miedo congeló, aplastándose con el peso de su propio hielo, atrapándose en el inferior margen de todo un amigable subsuelo.



2 brotes:
He estado cotilleando el blog y me gustaría felicitarte por las ilustraciones... ¡están muy chulas!
Encantada de brotar por primera vez
Un saludo!!!
Bienvenida.
Y gracias. ^^
Brote usted, brote...